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BIO

 

Janinne Wolfsohn (Montevideo, 1966). Artista visual y docente, egresada de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Realizó la clínica de arte de Tulio de Sagastizábal, el taller de dibujo y escultura de Aurelio Macchi y el seminario de filosofía de Raúl Cerdeiras.

Sus esculturas fueron premiadas en el 67º Salón de Artes Plásticas Manuel Belgrano (2024) y en el Primer Certamen Nacional de Artes Digitales del Instituto Oncológico Henry Moore (2024). Recibió una mención en el 33º Salón Internacional de Cerámica (2024) en MUBA Chaco.

 

En el Museo de Arte Contemporáneo Pablo Atchugarry (Uruguay) participó de la muestra “Mujeres artistas”, tiene una instalación emplazada, y realizó una muestra individual, “La Danza de Annette” (2018). Realizó las exhibiciones individuales “Jardín de transparencias” en galería Tokonoma (2026) con curaduría de Elisa Valerio Perroni, “Fantasías” en la Galería Cuenco Blanco, Plataforma Artsy (2021).

 

Su obra forma parte de colecciones nacionales e internacionales, parques de esculturas, libros y publicaciones.

 

 

STATEMENT

 

Mi trabajo escultórico investiga cómo las formas se configuran y adquieren sentido en el espacio. No me interesa la forma como representación de un objeto determinado —planta, figura o elemento natural—, sino como dirección espacial: líneas de fuerza que delimitan, expanden y tensionan el lugar en el que aparecen. Cada pieza surge de la observación de cómo un cuerpo vivo se orienta hacia la luz, se pliega, se abre o se retrae; no como imagen de ese cuerpo, sino como construcción de su presencia en el espacio.


Entiendo la escultura como una práctica existencial: un modo de aparecer y hacer aparecer. Delimitar un volumen es, para mí, un acto de existencia que organiza el vacío y produce un campo de relaciones. El movimiento que busco no es literal ni mecánico, sino latente: se genera en la articulación de planos que capturan la luz y la desplazan, lo que activa recorridos visuales y direcciones internas. La obra no representa movimiento, lo contiene en potencia.


Mi proceso parte del modelado en arcilla, donde establezco las direcciones espaciales fundamentales. Luego traslado esas configuraciones a otros materiales y escalas —especialmente acrílico— para intensificar la vibración lumínica y expandir la relación entre plano, transparencia y entorno. Este traspaso no es solo técnico, sino conceptual: cada material reconfigura la manera en que la forma se inscribe en el espacio.


Mi investigación se sostiene en una tradición escultórica que concibe la forma como construcción de profundidad y vida. En ese marco, cada obra busca afirmar una presencia: una estructura de planos que, al encontrarse con la luz y el espacio, activa la percepción de un movimiento interior. La escultura es, así, el lugar donde forma, luz y existencia se vuelven inseparables.

 

 

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